Pendiente de un hilo

 

A ti, desconocido,

te propongo unirnos con un hilo.

Suavemente, sin costuras, sin dobladillos;

un hilo que apenas hilvana otro hilo.

Casi no se aprecia,

pero basta para unir la carne

y  dejar volar el alma.

 

 

 

 

 

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Con-tratos

 

Tu contrato implica

unos límites que se hacen aristas

irreconciliables con la redondez de mis curvas.

Tu contrato supone

cerrar las puertas al  mañana, al quizás.

No contempla más posibilidad que

el inaprensible ahora,

carente de presente.

Mi contrato ofrece

todas las vías posibles,

también la salida de emergencia.

Está abierto al hoy,

al mañana y al pasado,

consciente de que el ahora

es, también, una ilusión.

Parece que tampoco hoy habrá firma.

 

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Elijo vida

La culpa nos hace dependientes y nos ancla al pasado, la responsabilidad más maduros y nos proyecta hacia el futuro.

A Elisenda, ¡va por nosotras!

He vuelto atrás,

llego al punto de inicio.

Y no, no soy la misma

pero sí en esencia.

Aunque siguen muriendo a miles a mi alrededor

ahora soy capaz de entender

que no es exactamente mi culpa,

que es exactamente la vida,

ni justa ni la misma para todos,

caprichosa y cambiante hasta el infinito.

Y también maravilla, asombro y amor.

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2 º C

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Hace dos grados que apagué la calefacción,

dejé de tener frío.

Los pájaros trinan

y no es alegórico;

sonrío al futuro,

de pronto, lo hay.

Importa dos grados menos

que me dejaras.

Dos grados se antojan tan poca cosa,

y son la diferencia

entre invierno y primavera.

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Cuestión de corazón

 

Había una vez una niña pequeñita pequeñita que vivía dentro de una gran gran mujer. Ambas compartían un corazón que, a su vez, vivía dentro de una caja. El corazón estaba custodiado por la niña pequeñita que lo guardaba allí para que no se le escapara y porque en muchas ocasiones, al dejarlo fuera, se había  lastimado. Es muy fácil que un corazón se lastime, ¡es tan blandito y tierno que un solo golpe de aire puede hacerle enfermar! Y cuando el corazón enferma todo el cuerpo le sigue para protegerle. Y también el alma, y la mente.

La niña pequeñita pequeñita vivía dentro de la gran gran mujer y allí estaba muy bien. Cuando la gran mujer quería jugar, crear y sentir, la niña pequeñita recorría todos sus rincones con alegría, llenándole los ojos de colores y los oídos de música. Cuando la gran mujer necesitaba estar seria y ocuparse de asuntos de adultos, la niña pequeñita descansaba. Y así convivían en armonía y felicidad y compartían vida y corazón.

Pero había días en los que la niña pequeñita pequeñita necesitaba salir a recorrer mundo y le pedía ojos, oído y boca a la gran gran mujer. Y esta se los cedía. A veces, alguno de esos días la gran mujer, ocupada en otras cosas, descuidaba a la niña pequeñita y esta se metía en lugares oscuros y aventuras imposibles de las que acababa saliendo malparada. Y de pronto  la oía llorar: se había vuelto a perder. Iba a por ella, la consolaba y se sentía mal por no haber sabido protegerla y cuidarla. Aunque sabía que los niños aprenden de lo que viven, le dolía verla así.

Cuando eso sucedía, ambas estaban unos días cabizbajas y tristes hasta que una de las dos llamaba con sus nudillos a la puerta y se lanzaba a los brazos de la otra. Al fin y al cabo compartían un solo corazón, solo ellas podían curar sus heridas.

Un día se dieron cuenta de que tan importante caja era una responsabilidad demasiado grande para la niña pequeñita y decidieron compartirla. Había que liberarla de ese peso y dejar el corazón en un lugar seguro donde no pudiera ser lastimado y donde pudiera darle el sol y el calor; en la caja en la que estaba guardado apenas corría el aire y ¡era tan fría!

Buscaron un lugar por toda la casa. Buscaron en la cabeza, pero allí ya estaba el cerebro, también muy delicado, y no cabía nada más. En el cuello tampoco porque vivían las palabras. Buscaron espacio en los brazos, pero estaban muy ocupados llevando a cabo acciones, no podían abarcar más. El estómago estaba siempre transitado por las emociones; además en esa zona había poca protección. Y las piernas y los pies necesitaban estar ligeros para saltar y correr.

Quedó decidido e instaurado que el mejor lugar para guardar el corazón era el pecho: allí tenía el espacio necesario y estaría protegido por las escápulas y costillas; ya no necesitaría la caja. Y así la niña pequeñita podría ser más libre y la gran mujer más responsable de su corazón.

Y desde entonces, el corazón vive en el lado izquierdo del pecho y desde allí late para las niñas  y para las mujeres.

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Laca de uñas

Soy una mujer: miro mis manos y me siento una mujer.

Coincide que mi pelo está poblándose de canas,

que se han caído los pómulos

y la pena y la rabia han dejado surcos.

En la mirada brilla guardada la niña,

cuarenta y algo años de entrenamiento me traen hasta hoy:

ya soy una mujer.

Y lloro enternecida por mi hazaña,

mientras contemplo orgullosa

mis uñas pintadas de rojo.

 

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ESPEJOS 2

ESpejo 1

 

A veces

siento ser

lo que nunca sería,

lo que nunca podrá dejar de

ser.

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Imprescindible

Salvarnos todos:

sin dudas, sin miedos.

Eso significa salvarnos,

también,

tú y yo.

 

 

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Des-andar

Desandando

llegué al inicio de un camino sin final.

Como no puede ser de otra manera,

la meta, volante, va cambiando de ubicación;

son muchos los caminos que van acercándose a ella,

caleidoscopio de posibilidades.

El final y el principio no son antónimos;

necesité volver atrás para poder comprenderlo:

desandar.

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ESPEJOS

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Los demás sabían,

antes que yo,

que no fumaba.

Los demás sabían,

también antes que yo,

que era vegetariana.

Me pregunto:

qué más

saben los demás de mí

que yo

todavía desconozco.

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