Cuestión de corazón

 

Había una vez una niña pequeñita pequeñita que vivía dentro de una gran gran mujer. Ambas compartían un corazón que, a su vez, vivía dentro de una caja. El corazón estaba custodiado por la niña pequeñita que lo guardaba allí para que no se le escapara y porque en muchas ocasiones, al dejarlo fuera, se había  lastimado. Es muy fácil que un corazón se lastime, ¡es tan blandito y tierno que un solo golpe de aire puede hacerle enfermar! Y cuando el corazón enferma todo el cuerpo le sigue para protegerle. Y también el alma, y la mente.

La niña pequeñita pequeñita vivía dentro de la gran gran mujer y allí estaba muy bien. Cuando la gran mujer quería jugar, crear y sentir, la niña pequeñita recorría todos sus rincones con alegría, llenándole los ojos de colores y los oídos de música. Cuando la gran mujer necesitaba estar seria y ocuparse de asuntos de adultos, la niña pequeñita descansaba. Y así convivían en armonía y felicidad y compartían vida y corazón.

Pero había días en los que la niña pequeñita pequeñita necesitaba salir a recorrer mundo y le pedía ojos, oído y boca a la gran gran mujer. Y esta se los cedía. A veces, alguno de esos días la gran mujer, ocupada en otras cosas, descuidaba a la niña pequeñita y esta se metía en lugares oscuros y aventuras imposibles de las que acababa saliendo malparada. Y de pronto  la oía llorar: se había vuelto a perder. Iba a por ella, la consolaba y se sentía mal por no haber sabido protegerla y cuidarla. Aunque sabía que los niños aprenden de lo que viven, le dolía verla así.

Cuando eso sucedía, ambas estaban unos días cabizbajas y tristes hasta que una de las dos llamaba con sus nudillos a la puerta y se lanzaba a los brazos de la otra. Al fin y al cabo compartían un solo corazón, solo ellas podían curar sus heridas.

Un día se dieron cuenta de que tan importante caja era una responsabilidad demasiado grande para la niña pequeñita y decidieron compartirla. Había que liberarla de ese peso y dejar el corazón en un lugar seguro donde no pudiera ser lastimado y donde pudiera darle el sol y el calor; en la caja en la que estaba guardado apenas corría el aire y ¡era tan fría!

Buscaron un lugar por toda la casa. Buscaron en la cabeza, pero allí ya estaba el cerebro, también muy delicado, y no cabía nada más. En el cuello tampoco porque vivían las palabras. Buscaron espacio en los brazos, pero estaban muy ocupados llevando a cabo acciones, no podían abarcar más. El estómago estaba siempre transitado por las emociones; además en esa zona había poca protección. Y las piernas y los pies necesitaban estar ligeros para saltar y correr.

Quedó decidido e instaurado que el mejor lugar para guardar el corazón era el pecho: allí tenía el espacio necesario y estaría protegido por las escápulas y costillas; ya no necesitaría la caja. Y así la niña pequeñita podría ser más libre y la gran mujer más responsable de su corazón.

Y desde entonces, el corazón vive en el lado izquierdo del pecho y desde allí late para las niñas  y para las mujeres.

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