Eclipse

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Érase una vez la belleza robada al tiempo que está por nacer.

Érase una vez un tiempo en el que el tiempo no existía, los animales corrían con los niños y los hombres eran felices; un tiempo en el que el sol y la luna caminaban cogidos de la mano o la cintura, sin importarles demasiado el qué dirán: estaban enamorados. Como no existía el tiempo nadie se planteaba el futuro y se disfrutaba de cada momento como el primero y el último. El cielo siempre estaba brillante y luminoso y no había noche ni día ni más astro en la esfera celeste que la pareja que paseaba sin rumbo fijo por todo el firmamento.

Érase una vez un niño de ojos verde esmeralda que esperaba cada día en el balcón de su casa para verlos pasar: él les regalaba una sonrisa y ellos le contaban lo que habían visto durante su viaje. Gracias a ellos el niño sabía todo lo que pasaba en el mundo: cuántas personas habían nacido, qué cosecha se estaba recogiendo, si venían tormentas o vientos del norte…; podía preguntarles cualquier cosa porque siempre estaban dispuestos a contársela y él dispuesto a darles su amor y cariño.

Un día más oscuro de lo normal el niño esperó y esperó en su balcón pero el sol y la luna no aparecieron. El cielo estaba gris, “Será que va a haber tormenta” pensó, aunque sabía que cuando llovía, el sol y la luna aparecían tarde, detrás de alguna nube gruñona que tapaba su claridad y brillo, pero aparecían. Ese día no hubo ni nube, ni sol, ni luna, ni nada; ese día el niño que esperaba empezó a sentir la inquietud del que teme. La luz cada vez se hacía más tenue, el niño cada vez estaba más cansado y se quedó dormido. Al cabo de un rato le despertó una voz conocida.

– Niño, niño… Despierta, por favor…,¡niño…!
– ¿Qué pasa? ¿Qué…?
Cuando abrió los ojos y acabó de desperezarse no podía creer lo que veía: todo estaba completamente negro: no había ni cielo ni luz, sólo oscuridad. El niño sintió frío y miedo y le entraron unas terribles ganas de llorar. Miró de nuevo y vio el reflejo de una esfera que se le acercaba.
– Niño, ¿no me conoces?
El niño se asustó, nunca había visto a la luna de esa manera: tan desnuda, redonda y triste, desdibujada. La luna se puso a llorar y el niño se quedó sin palabras.
– Niño, dime, ¿has visto al sol?
Cada lágrima que rodaba por su cara iba a caer a la infinidad del cielo y se convertía en un punto brillante que parpadeaba con luz propia como un pequeño faro en medio del universo. La luna lloraba cada vez más y el niño no sabía qué hacer.
– No encuentro al sol, no sé dónde está. Nos hemos separado un momento y …¡ ya no está! Ha desaparecido y no sé qué ha pasado, dónde buscarlo, qué hacer.
La luna lloraba y lloraba; el cielo se iba llenando de puntitos de luz que iluminaban tímidamente el negro absoluto y el niño empezó a sentirse más tranquilo, empezó a comprender.
– No lo sé… Solo sé que llevo todo el día esperándoos y, de pronto, está tan oscuro, y tú vienes sola y triste. No, no he visto al sol, pero me alegro de verte a ti. No llores, seguro que lo encontrarás.
– ¿Dónde, cuándo? Tengo que encontrarle.

La luna siguió su camino dejando una estela de lágrimas y el niño sintió que el corazón se le hacía pequeño pequeño. Se quedó mirando cómo se alejaba la luna y se sintió solo y perdido hasta que después de un rato la oscuridad empezó a dar paso a una tibia claridad. El niño vio cómo el manto negro salpicado de luceros se convertía en un mar en calma en el que cada vez la luz era más y más blanca y por allá, por el lado opuesto al que se había marchado la luna, vio llegar al sol. El niño sonrió de alegría y esperó impaciente a que llegara hasta él: ¡por fin!; ahora podría contarle que la luna le buscaba, se encontrarían y aquél miedo y aquella ausencia de color pasarían a ser un mal sueño, un extraño suceso. El sol se acercó al niño.

– Niño, niño amigo, necesito tu ayuda. ¿Estabas en tu balcón, has visto a la luna? Ando perdido, no sé dónde está, rayos y tormentas ¿cómo puedo encontrarla?
El sol tenía un aspecto descuidado; su luz alumbraba más de lo habitual y a su alrededor chispeaban crepidantes rayos de energía. Estaba tan alterado que su aliento quemaba.
– La luna te está buscando. Pasó por aquí antes. Está muy triste y no sabe qué hacer para encontrarte. No sabe dónde estás. Se fue por allí.
– Tengo que encontrarla.

Y el sol partió rapidísimo a recorrer el cielo en busca de ella. El niño se quedó en su balcón, mirando su estela al pasar, sintiéndose ahora agitado y nervioso. Algo había pasado, todo estaba cambiando. Esta vez los astros le habían preguntado a él y no le habían contado ninguna de las maravillas del mundo porque no habían visto nada, estaban muy ocupados mirando más allá del camino, buscándose uno al otro. Y él olvidó darles su sonrisa, escondida tras el miedo y la pena, tras la incertidumbre.

Y así pasaron los días, y a la luz fuerte y calurosa del sol le sucedía el brillo blanquecino de la luna que resplandecía sobre una negrura infinita, salpicada por las estrellas que su llanto había creado. Y el niño de los ojos esmeralda siguió esperando al sol y a la luna, pero ahora por separado; su separación había dividido el mundo y un nuevo orden de las cosas empezó a nacer silenciosamente.

Érase una vez el tiempo, que nació de la espera, del miedo a no encontrar, de la búsqueda de lo amado. Ahora ya no caminan sol y luna tiernamente cogidos por la esfera celeste, no se encuentran. Existe el tiempo en el mundo y comienza la búsqueda eterna, el camino circular, la órbita singular de cada astro, ser y molécula.
El niño de los ojos esmeralda ve caer la noche y amanecer el día y los hombres tienen horarios y trabajos porque de pronto todo es una lucha de contrarios: entre el deseo y la posesión, la gloria y el desencanto, los hombres pelean por algo que ni siquiera conocen.

Con solo que parara sol o luna, que alguno venciera el miedo a no seguir avanzando, que tuviera confianza en la espera…Si uno de los dos se da cuenta y espera, detiene su camino, entonces al girarse verá al otro, a lo lejos, y el tiempo empezará a caminar al revés hasta desaparecer de nuevo.
Quizás cuando el niño de los ojos esmeralda crezca se dé cuenta y pueda contárselo.
Quizás hasta entonces tendremos que esperar para conocer la belleza robada al tiempo que no existe.
O quizás, en días como hoy, un eclipse nos haga caer en la cuenta de que el sol y la luna, finalmente, se han encontrado.

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