El fiscalizador de billetes

Me gustaría continuar estas crónicas presentando a un personaje que me causó una honda impresión. Marcó un antes y un después en mi manera de entender los viajes y ha supuesto una referencia en muchos momentos de mi vida relacionados o no con el tren.
Se trata de una figura que representa el paradigma de la norma, de lo que debe ser, y que me ha servido para entender a las personas que se aferran a lo institucionalizado para no tener que tomar decisiones personales ni implicarse en guerras que no son la suya. Obviamente mantener una postura así supone un precio que no todos podemos asumir y requiere de unas condiciones mentales y anímicas particulares. Por eso quiero dedicarle un espacio en este cúmulo de historias al fiscalizador de billetes, que me ayudó a enfrentarme a mi yo más rígido, firme, irracional y normativo.

Trayecto Vic-Barcelona: son las 21:08h., llego justa de tiempo y jadeando a la estación. Si pierdo este tren el siguiente no pasa hasta dentro de 50 minutos y mañana me levanto a las 6:45h. Tardaré casi dos horas en llegar a casa. Es enero, hace un frío impresionante y la estación no está cubierta; el bar lo cierran en 10 minutos y estoy del peor de los humores, triste y muy cansada.
Anuncian el tren por megafonía a la par que subo el último escalón de acceso al vestíbulo. Voy sacando el kit de billetes de transporte, los cojo en la mano cual juego de cartas hasta encontrar el bono adecuado: 6 zonas. La máquina lo rechaza: “Título agotado”. ¡Mierda! Rápida mirada a la taquilla: cinco personas en la cola. Máquinas expendedoras: dos, ocupadas. Barajo de nuevo los billetes y encuentro la T10. Ya han anunciado el tren, falta un minuto y medio, no hay tiempo para dudar. No pasa nada, entraré, buscaré al revisor y pagaré el billete en el tren.
El tren acaba llegando diez minutos tarde, ¡mierda!, me hubiera dado tiempo a comprar el bono. No sé por qué siempre que pasa algo así entro en el mismo debate interno: como si el hubiera o hubiese, subjuntivo, posible pero no real, sirviera para algo en estos casos. Y ahí pierdo seguridad, gano remordimientos, el sentimiento de culpa se apodera de mí y entro en zona cero.
Por fin llega el tren, va bastante lleno: estudiantes que vuelven a Barcelona, trabajadores que se irán bajando en los siguientes pueblos y el habitual equipo de fútbol juvenil de chicos del Raval, que no sé qué hacen entrenando tan lejos de sus casas… Si ahora no cojo un buen sitio preveo un viaje incómodo, así que ocupo el mejor asiento disponible que es, inusualmente, el del pasillo. Los de ventana resultan insoportables en estos trenes setenteros que llevan la calefacción a suelo, a todo gas, con serio riesgo de quemarte la pantorrilla al más mínimo descuido. Sé que debería buscar al revisor para evitar riesgos, pero no lo hago. Si me muevo me la juego, puedo perder el sitio. Estoy cansada y triste, superada por la vida; me dejo caer en el asiento y respiro.
Cuando llegó el revisor no estaba en mi mejor momento, me limité a indicarle mi trayecto y esbocé una rápida explicación de mi periplo como disculpa por no llevar el billete. Error, craso error. Si te justificas ante un revisor, o ante cualquiera, debes hacerlo sinceramente; si no, ni lo intentes. En mi interior había una sombra de culpa y se coló en mi discurso. La última frase de mi intervención fue algo así como: “…sí, ya lo sé, ahora me va a salir más caro (el billete sencillo frente al precio del bono), pero bueno…” A veces pienso que sé leer la mente.

– Por supuesto que le va a salir más caro señorita, veinte euros más caro y eso si me paga ahora: serán 28,50 euros.- Me acordaré toda la vida: 28,50 euros.
– Perdone, pero ya le he explicado lo que me ha pasado, mire… – Dije sacando mi baraja de títulos de transporte.- Aquí llevo el último bono que he acabado justo hoy a la venida, ¿lo ve? El último viaje es de hoy, vengo dos veces por semana, aquí lo puede ver, siempre el mismo trayecto, a la misma hora. O sea, siempre pago el billete y hoy, justo hoy, me ha pasado esto, ya se lo he explicado…
– A mí no tiene que explicarme nada ni tengo que entender nada señorita, usted viaja sin billete y eso es una multa de 20 euros.
– ¿Pero no lo entiende? ¡Ha sido un imprevisto!
– Si es un imprevisto usted va a buscarme y lo solucionamos…
– Sí, lo he estado pensando, justo acabamos de salir de la estación… Si me iba, perdía el sitio. Pero ¿no lo ve, que no soy una okupa ni una caradura que va y viene sin pagar? ¿Usted se piensa que yo tengo ganas de estar discutiendo, con usted, por un billete de tren, que montaría todo esto para nada? -Casi se me saltaban las lágrimas; el sofocón era de esos que nacen en el estómago, puro fuego, y van subiendo hasta encallarse en la garganta, donde se transforman en una garra atenazadora y la voz sale entrecortada, a un punto del lloro.
– A mí no me pagan para pensar, señorita, a mí me pagan para fiscalizar billetes.

La frase me golpeó y, en silencio, algo cayó en mi interior. Noté como la bola, el fuego y todos los síntomas emocionales desaparecieron de golpe. Y me quedé desarmada, fría y vencida; no podía más. Ese día, no. Abandoné la lucha.

– Haga usted lo que quiera.
Sin mirarme a los ojos tecleó en su máquina; el billete salió impreso entre quejidos electrónicos y me lo extendió sin mediar palabra. Me cobró 8,50 euros y siguió su camino.

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