Instrucciones para evitar al conversador/a convulsivo/a

No importa que sea una monja, un jubilado/a o una treintañera estresada: en cualquier viaje puedes encontrarte con un compañero/a al que le apetezca hablar y a ti, no.

Esto es lo que se llama un conflicto de intereses de difícil solución; veamos cómo se puede gestionar.

Por un lado las normas de cortesía te obligan a escuchar estoicamente lo que el otro/a quiera contarte; incluso debes ser correcto/a e ir mostrando que sigues la historia con asentimientos, breves intervenciones y, sobre todo, manteniendo el contacto visual con el interlocutor.

Sin embargo las consignas de la comunicación asertiva recomiendan transmitir tu necesidad al otro. Es decir: de forma educada, neutra e impersonal debes decirle que no estás interesado/a en escucharle, ¡casi nada!

Si decides ser asertivo/a, es importante que consideres si estás preparado/a para soportar la incómoda sensación de culpa y miseria que te puede invadir tras un rato de viaje con esa persona que, a no ser que haya hecho el mismo curso de asertividad que tú, se sentirá rechazada.

En todo caso, siempre puedes intentar salir del atrolladero de forma más o menos exitosa.

Una opción es visitar el vagón cafetería. En mi época de largos viajes en tren eso suponía un riesgo añadido para la salud: entrar allí era equivalente a fumarte diez cigarros por minuto, aproximadamente los que estaban encendidos. Si el viaje era de los de cinco horas en adelante, eso suponía que un tiempo aproximado de una hora de descanso te costaba cinco días menos de vida por el humo inhalado, más la incomodidad de sentirte como un cenicero maloliente. Actualmente la opción cafetería es mucho menos arriesgada así que vale la pena considerarla.

Otra posibilidad es levantarte con la excusa de estirar las piernas e iniciar un lento divagar por los vagones. Puedes investigar dónde están los enchufes, revisar si los niveles de aire acondicionado son correctos, contar las papeleras, ver si todas las puertas de comunicación entre vagones funcionan bien… Y si detectas cualquier anomalía vas a buscar al interventor y se lo cuentas. Sobre sus posibles respuestas podríamos escribir un capítulo entero, pero no vamos a hacerlo. Dependiendo de todos los factores que intervienen: número de desperfectos, distancia que te separa del interventor, ocupación de este en el momento que lo encuentres (si se da el caso), su humor y disposición, su nivel de altruismo, etc…En total puedes ocupar entre media hora y tres cuartos en estas tareas.

Si no, siempre puedes hacer una visita más o menos prolongada al baño, o una combinación de cafetería, baño y deambule, pero en cualquiera de estos casos va a llegar el momento de volver a tu asiento y posiblemente pedirle a tu compañero/a que se levante para dejarte pasar (si estás en la ventanilla es más duro, claro). De nuevo la situación está ante ti, ahora recrudecida, y aún tienes por delante muchas horas de viaje.

Así que hay que recurrir a la incomunicación: utiliza la tecnología. Los MP3, móviles, ordenadores, tablets y demás gadgets que enajenan la atención humana son aquí muy bienvenidos. Además, si te cansas de escuchar música puedes dejarte los auriculares puestos simulando que aún estás conectado, evitando así que el otro/a no se dirija a ti. Pese a que parece una apuesta segura ten en cuenta que hay conversadores muy tenaces así que recomiendo llevarlos puestos desde el inicio del viaje: nunca sabes en qué momento puede saltar la liebre. También existe la opción de que des con un conversador/a convulsivo/a y te hable pese a llevar los auriculares: ni se te ocurra quitártelos para escucharle; mírale con cara de emoticono de asombro y sigue a lo tuyo. Si no, estás perdido.

No recomiendo el uso del libro como parapeto por varias razones. En primer lugar todos sabemos que la gente cada vez respeta menos la cultura y considera mucho más importante lo que tenga que decir que lo que digan los demás: mala combinación, deja el libro para tus momentos íntimos.

En segundo lugar la lectura solo te ocupa un sentido, por lo que no te impide escuchar y eso va a ser utilizado en tu contra: el vampiro conversacional aprovechará que tienes los oídos libres para dirigirte alguna frase-trampa que te hará cerrar el libro durante unos segundos y, si no eres lo suficientemente rápido, no volver a abrirlo durante varias horas.

En tercer lugar, increíble pero cierto, el libro puede suponer el inicio de una conversación cordial que acabe evolucionando hacia un monólogo vital existencialista del otro/a.

-¿Estás leyendo este libro? Oh, qué bueno, yo he leído algo de este autor, me parece genial. Porque…¿Has leído el último de…? ¡No me lo puedo creer, siempre he querido leer esta novela…? Etc…

Estas suelen ser las frases de inicio; si esto sucede sé más rápido: niégalo todo, por extraño que parezca eso desconcertará tanto a tu interlocutor/a que te dejará en paz.

Y si el libro no funciona como parapeto, ni que decir tiene que tampoco el ganchillo, el punto de cruz, los juegos individuales o cualquier otra actividad creativa que puedas desarrollar en un tren (ver en próximas entregas: “Cosas extrañas para hacer en un tren”).

Teniendo en cuenta todo lo expuesto, mi consejo es que aprendas a decir en lenguaje de signos: “Lo siento, no te entiendo”. En este caso solo tienes una posibilidad de fracaso: si tu compañero/a se comunica con el mismo lenguaje.

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