Princesas guerreras

Érase una vez una princesa que nació entre sudor, lágrimas y gritos tras doce horas de parto, que lloró nada más llegar al mundo cuando sintió el frío que la rodeaba y la separaron de su reina madre.
Érase una vez una princesa que creció entre ruedas y ruecas y se pinchó muchas veces, pero nunca desmayó en su empeño de aprender a coser.
Érase una princesa que dormía sobre un solo colchón y cuando notó un guisante bajo él se levantó, deshizo la cama y no paró hasta quitar de en medio la molesta legumbre.
Una princesa que al cumplir los dieciocho años hizo una fiesta a la que no invitó a madrastras, hadas, príncipes herederos ni narradores de historias; por eso ninguno de ellos asistió y la velada fue todo un éxito.
Érase una vez una princesa de cuya boca no salían suspiros de fresa sino propuestas de cambio social. Una princesa que renunció a trono y privilegios y que nunca cayó en letargo, enveneno ni truco de magia del que tuviera que ser salvada. Sin embargo sí cayó en las trampas que le jugaba su mente y en esos trances era la realidad la que lograba hacerla respirar de nuevo.
Érase una vez una princesa que conoció a condes, príncipes y lacayos, que besó varias ranas y alguna piedra; que fue hija y madre, abandonada e idolatrada. Que conoció el amor de sangre roja y transparente y en vez de esperar al príncipe azul encantado, lo apartó de sus planes para ir más ligera de equipaje.
Érase una vez una princesa que luchó por continuar la historia donde otros la habían acabado y recorrió el camino hacia sí misma con tanta inseguridad y dudas que a veces se colaba en cuentos ajenos y acababa sintiéndose cerdito por un día, gato con botas por otro o madrastra malvada en el peor de los casos. Una princesa que de tantos esbozos y reconstrucciones un día abandonó su reino de fantasía para vivir como una mujer real y una reina libre.
Érase una vez una princesa guerrera.

Dedicado a Nati Codina, por darme el título del cuento; a Jordi de Manuel por prestarme la confianza y hálito que necesitaba para recuperar la escritura y a Aitana, mi primera lectora forzada y excusa narrativa inicial para estos cuentos.
¡Felicidades Aitana!

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