Despedida pero no cierre

Llevo desde que volví del viaje intentando encontrar un espacio y tiempo para escribir la última entrada de esta categoría. Llegué el 25 de agosto y hoy es 30 de octubre. Puede que mi cuerpo estuviera esperando a que llegara el frío y hoy, con la lluvia que tiñó algunas de las tardes bonaerenses, con un jersei de lana y cuello alto, recupero la nostalgia tanguera y me pongo de nuevo a escribir.

Todo tiene un tiempo y un proceso, permitir los propios es para mí todavía un ejercicio de gran paciencia, en el que gracias a la práctica voy consiguiendo cada vez más destreza. El proceso de cierre, recapitulación y recogida de lo que un viaje significa puede ser muy amplio y extenso. Por mi parte este viaje siempre estará en parte abierto, todavía en curso, porque algo de mí se despertó allá y quiere ir volviendo, reencontrándose con el espacio que lo vio nacer. Ese nacimiento proviene de mi núcleo más interno, más entráñico y visceral,  que rompe esquemas y me enfrenta a una Lorena desconocida y me reconecta con una fuerza interior tantas veces acallada por lo cotidiano.

Desde ahí, asombrada, en paz y ante horizontes nunca antes considerados, miro hacia delante y veo un mar abierto, el que se ve desde mi terraza, el que puede llevarme a cualquier lugar en cualquier momento. Y las olas me mecen, y los errores  no importan, y la verdad está en el silencio, y el silencio en el interior de cada uno de nosotros.

Estación claridad, vamos llegando.

 

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